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domingo, 18 de septiembre de 2011

Encubierto Capitulo II




Por una parte me preocupaba cómo estuviera él, si había sobrevivido a esa caída, o realmente había desaparecido, no entiendo el porqué de mi preocupación. Pero por otra parte, llegué a pensar que dejaría de martirizarme con sus apariciones. Creo que esas eran meras ilusiones.

Me mareé, mi cabeza comenzó a dolerme. Pensé que me desmayaría por la altura o lo que había sucedido. Quería tomarme una pastilla y dormirme. Metí mi mano al bolsillo de mi chaqueta y saqué 3 píldoras. Tomé la que más se pareciera a una aspirina, asi, sin agua. Quise dirigirme al elevador, pero pensé que me marearía. Tomé las escaleras. Llevaba un piso bajado, me faltaban otros… 4… piso…s.

El sol me había despertado con su brillar, A medida que quise abrir los ojos experimenté una tranquilidad y una paz, que preferí dejarlos cerrados. Me sentía raro; ya hacía mucho que no estaba tranquilo. Como si mi mente se hubiera desconectado de la suya. ¡Qué felicidad! ¿Acaso es felicidad lo que siento? ¿Me invade un sentimiento positivo? En ese momento abrí mis ojos con espanto. No puede ser cierto. ¿QUÉ HAGO AQUÍ?

Estaba completamente inmóvil en un cuarto blanco, acostado en una cama muy incómoda, no podía casi hablar. A un lado de mi cama había una silla desocupada, me habían dejado algo así como una nota y en un perchero estaba colgado un saco negro. Mi cuerpo estaba conectado a unos aparatos sostenidos por un poste. No puede ser. Deseaba negar que estuviera en un hospital. Quise mover mi cabeza, pero no podía; traía algo en mi cuello que me impedía moverla. Me estaba desesperando. Esperen, ¡¿cómo llegue aquí?! Mis ojos no dejaban de moverse de un lado a otro, buscando alguna otra señal que me dijera, no sé, ALGO. No había manera de calmarme. Creía morir.

Alguien abrió la puerta de mi cuarto. De blanco entró el doctor, revisó mis aparatos, me puso la mano en la frente, luego revisó otra vez esos aparatos y sin decir palabra alguna salió de la habitación. Quedé pasmado por lo acontecido, cuando después de 5 minutos que salió el doctor, entró la enfermera. Amablemente me sonrió y me saludó.

– Muy buenos días, ¿Cómo se encuentra?

– Creo que bien – respondí con una voz muy forzada – no puedo moverme, ¡quiero salir de aquí!

– Lo lamento, pero debe permanecer hasta que mejore su situación.

– ¡Pero estoy bien! – intenté moverme y al sentir el dolor no pude evitar emitir un grito.

– ¿Lo ve? Todavía no está bien. Necesita mejorar.

En ese momento regresó a mi pensamiento la carta sobre el buró. Y le pedí a señas que la tomara.

– ¿Quiere que la lea?

Asentí con mi cabeza y de su boca comenzaron a salir palabras que jamás en mi vida habían sido dirigidas hacia mí.

– Jóven, espero que se sienta mejor. No me conoce, pero a mi me alegra haber podido ayudarlo. Algun dia volveré a visitarlo. Hasta entonces, S.

Me había quedado pasmado al escuchar semejante mensaje, y la enfermera se encontraba conmovida por el mismo. Pronunció unas palabras, pero me entraron por una oreja y salieron por la otra sin siquiera transmitirme un mensaje. Apunté al abrigo sin pensarlo.

– ¿El abrigo? Parece que alguien lo dejó aquí anoche. Debió haber sido la misma joven que lo trajo y lo cuidó.

Mis ojos se abrieron y las ansias me comieron. Ella en seguida entendió que quería tenerlo cerca. Se dirigió al perchero, cogió el abrigo negro y regresó hacia mí. Yo cerré mis ojos, y ella acercó el abrigo para que mi nariz percibiera el olor, su olor. Exquisito, delicioso; había entrado en un éxtasis olfativo, el cual me elevaba entre las nubes, aunque yo estuviera en el más encerrado cuarto de hospital. Me desconecté por unos segundos del mundo y de mis aparatos, mientras experimentaba algo único, que parecía estar cambiando mi vida, o por lo menos mi percepción hacia ella.

Me dejó la enfermera con el abrigo rozando la piel de mi cara. Apenas sentí su partida, mientras afuera caía la penumbra de la noche. Estaba quedándome dormido, cuando la ventana se rompe y entra un bandido de negro con un pasamontañas, mis ojos se abrieron de sobresalto, en lo que otra pesona entró abriendo la puerta de golpe. Intenté gritar, pero no salió sonido alguno de mi boca. Me quitaron todo aparato de mi cuerpo, me amarraron las manos con cinta adhesiva gris y aprovecharon que no podía moverme para llevarme cargando fuera del hospital. Me bajaron por la ventana, pensé que me estaban secuestrando. Me pusieron una venda en los ojos, y luego me subieron a un automóvil. Todo sucedió tan rápido, apenas y logré procesar todo lo que me había sucedido y  ya estaba en el asiento de atrás inmovilizado.

Llovía, recordé aquella noche en que comenzó mi aventura. Suavemente me transporté a ese momento para evitar pensar en el presente y vivir en una incertidumbre en un asiento trasero de un automóvil. Cerré mis ojos y recordé que solía escribir mis aventuras compartidas con él en unos papeles. Si mi departamento seguía ahí, seguramente esos papeles también. No pasó mucho tiempo para que me decidiera a romper el silencio. Pero fue en ese entonces cuando frenó el auto de golpe. Oí una sola puerta abrirse. Luego abrieron la puerta trasera o más bien abrió. Me quitó la venda de los ojos; era él. Increíblemente no había nadie más alrededor de nosotros dos. Habíamos entrado en una especie de casa.

No sé exactamente por qué me había llevado hasta ese lugar, pero supongo que para él es importante. Según él me protege, pero, ¿de quién? Con mis manos amarradas detrás de mí, me empujó hacia un cuarto, me dio un golpecito en la espalda, haciéndome perder el equilibrio y caer en una cama nada cómoda. Cerró la puerta y escuché que puso una especie de seguro. Me revolqué en la cama hasta que pude pararme. Volteé a todos lados buscando algo con qué cortar la cinta que rodeaba mis manos. La vista comenzaba a fallarme, respiraba ahora algo que no era aire, no podía oir más que el zumbido de una mosca que caía muerta en el piso del cuarto. Mis movimientos se hicieron más rápidos, me invadía una inquietud por zafarme y salir del cuarto, pensando que cualquier cosa podría pasarme ahí adentro. Encontré un espejo, no perdí tiempo mirándome en él y estrellé mi hombro contra mi propio reflejo. El espejo rompió; siete años de mala suerte no es nada comparado con mi posible muerte. Cogí de prisa un trozo puntiagudo de espejo y como pude sompí la cinta. Ahora sólo me quedaba salir del cuarto. A lado de la cama había un buró, encima del cual se encontraba una nota con una llave. Tomé la llave y la llevé hasta la puerta. No me di tiempo para reflexionar acerca del por qué la puerta tendría el seguro por fuera y se abriera con llave por adentro, y al momento en que inserté la llave en el orificio, me electrocuté.

Ya no sabía si esto iba en serio, o era una broma. Incluso he pensado en que se divierte jugando conmigo, como si fuera su marioneta o su muñeco de acción. Regresé a ver qué decía la nota; “No la uses en la puerta”. Todo cobraba sentido, no era la llave de la puerta, o quizá si lo era, pero no podía abrirla, sino que te elctrocutaba. Entonces debe tener algún otro uso, pero, ¿cuál podría ser? No tuve tiempo de pensar en eso, y me guardé la llave. Había una ventana cerrada, y me aventé contra ella por el miedo a morir intoxicado. Caí en un jardín con un árbol enorme. Me impresionó su belleza y pureza y cómo podía estar en una casa tan tensa y tenebrosa.

Me llené de escalofríos al tiempo que una ventisca rozaba mi piel y parecía como hablarme. No pude percibir lo que me decía, simplemente identifiqué el tono de voz de una mujer. ¿Habrá sido ella, ella la chica del abrigo y la nota del hospital? ¿O habrá sido una alucinación mía? Nada me sorprende últimamente.

Por un momento pensé en quedarme ahí, pero me sentí observado. Volteé al edificio del cual había salido, y había una ventana abierta con las cortinas elevadas por el aire. Esa ventana no era la de mi cuarto, el cuarto del que había escapado hacía un rato. No podía pensar, nada podía pasar por mi mente, porque él lo sabría. Caminé y me recosté a dormir, recargando mi cabeza en el tronco color ambar del gran árbol. Perdí el control de mi mente al escuchar un: sueña. Esa tibia palabra pronunciada tan suavemente cerró mis ojos.

Al abrirlos de nuevo, lo ví a él parado junto a la ventana rota del cuarto maldito. Cruzado de brazos me miraba con una mirada tan conocida, que le perdí el miedo. Sin saber si era un sueño, me apoyé con mis brazos en el césped y me puse sobre mis pies, dirigiéndome hacia él para abrazarlo y agradecerle. No sabía porqué lo hacía simplemente me nació. Era raro, raro como cualquier otra cosa que me ha pasado últimamente. No lo comprendía, pero al abrazarlo sentí como si nos hubiéramos conectado aun más de lo que ya estábamos. Me decidí y le hablé, preguntándole:

– ¿Quién eres?

– No puedo decirte, pero te aseguro que me conoces. – Me respondió con una sutileza que me asustaba, pero no al grado de decidirme a dejar de hablarle.

– ¿Qué quieres de mí?

– ¿Por qué haces tantas preguntas? Al tiempo lo sabrás; por el momento sólo confía en mí, no pretendo hacerte daño.

Sensibilidad; jamás me lo habría imaginado de él. Todo menos eso, después de lo que he pasado y me ha hecho. Al acercarme otro poco, logré ver algo que parecía una cicatriz en su rostro apenas perceptible. Lo miré con extrañeza, y al darse cuenta que lo estaba examinando, dio media vuelta.

– No debes mirarme, nuestros ojos no deben tener contacto, tendras que regresar a tu cuarto y quedarte ahí, debes estar seguro.

– Debo, debo, debo… ¿Quién te crees para decirme qué hacer?

Se quedó mudo y no respondió.

– ¿Debo estar seguro? Dime de quién, ¡anda!

El silencio volvió a tomar parte de la atmósfera que nos rodeaba hasta que dijo algo que realmente me era importante, aunque lo dijo en un tono retador.

– Si quieres irte, vete. No puedo mantenerte aquí a la fuerza, pero me gustaría que te quedaras y confiaras en mí. Aunque si tú no quieres, es mejor que te vayas, pero no estarás seguro.

– Si no me dices de quién debo de cuidarme, o por qué debo estar seguro, no me quedo. – Le respondí ya enfadado.

– Es que… no puedo decírtelo, pondría todo en riesgo. Confía en mí.

Había perdido mi atención con tanto misterio, así que sin decir más, me di la vuelta y me largué en cuanto pude de ahí. Vagué por las calles esperando encontrar algo conocido, pero parecía haberme llevado a otra ciudad o algún lado que no podía reconocer. Iba pasando justamente por una estación de policía cuando sentí que me seguían. ¡Por Dios! ¿No podía tener yo siquiera un poco de paz? Crucé la calle y entré a la comandancia buscando un poco de seguridad. En eso recordaba lo que él me había dicho: “Debes estar seguro”. Buscaba seguridad. ¿Acaso mi subconsciente me estaba alertando de algún posible peligro?

Pensé por un momento y se me ocurrió una idea fantástica: denunciar por acoso a este sujeto que me ha estado siguiendo y perturbando. Mis ojos se abrieron a más no poder y surgió una sonrisa en mi rostro. Me acerqué a una ventanilla que decía “Denuncias”, estrellé mi mano contra el borde de la ventanilla y me detuve. Mis pensamientos habían sido cuestionados por una duda: ¿Cómo iba yo a denunciarlo, si él me ofrecía seguridad y llegó a preocuparse por mí? De pronto le creí; no me sentía cómodo en la soledad y mucho menos seguro. No sabía que sucedía dentro de mí, pero sabía que tenía que regresar a él.

– ¿Puedo servirle en algo, joven? – Oí a la mujer policía que atendía la ventanilla a la cual me había acercado. Pero no le presté mucha atención y me puse a pensar en cómo iba a regresar.

Recordé que nuestras mentes parecen estar conectadas e hice un intento por comunicarme con él por ese medio. Cerré mis ojos, traté de pensar en él, tensé mi rostro, apreté mi dentadura e intenté despegar mi mente de la realidad. Fue entonces cuando logré escuchar su voz que me decía: Te espera un taxi del otro lado de la calle saliendo de la estación de policía.
Abrí mis ojos, la señorita seguía hablándome pero no recibía la menor atención de mi parte, siquiera. De esta manera salí decidido a confiar en él, el que me había llevado a una casa en contra de mi voluntad, el que me había hecho creer que era mujer en un hotel, el que dice que quiere protegerme, del que sé de muy poco a nada, pero según él me conoce, él. Abrí las puertas de la estación, y ví un taxi rojo del otro lado de la calle, como aquella voz me había dicho. Crucé la calle y me subí en el asiento trasero detrás del chofer.

– ¿A dónde lo llevo? – Preguntó una voz femenina.

Me moví para ver quién era, pero traía una máscara que no permitía le viese su rostro. Se me hizo extraño que me preguntara para dónde, cuando se supone que me llevaría con él, y como no sabía exactamente a dónde iba, no tenía más que decirle que:

– Llévame a un lugar seguro.

Enseguida arrancó el taxi. Atardecía. Hubo un gran silencio y supongo que por eso decidió encender la radio. Cambió varias veces la estación pasando por música de reggaetón, hip-hop, hasta que escuchó una romántica y fue cuando dejó de buscar. La letra hablaba de un amor a primera vista y no se qué tanto. Me hartan las canciones de amor, y no es porque no tenga a quién cantarlas, pero me hacen sentir feo.

– ¿Podrías cambiarle a la estación, por favor?

– Pero amo esta canción, ¿me dejarías terminar de escucharla?

– Esta bien, pues. – No entiendo por qué no pude decirle que no. Supongo que porque está haciéndome el favor de llevarme con él, pero creo que la situación ablandaba un poco mis sentimientos.

Ella comenzó a cantar la canción, con una voz melodiosa, en verdad hermosa, tanto, que me erizó la piel y me hizo derramar una lágrima. Nunca me había pasado antes, y estaba tan emocionado como extrañado. Callé hasta que terminó la melodía, luego aplaudí sutilmente.

– Gracias – Volteó para verme.

– De nada. – Le sonreí y la vi a los ojos. – ¡Cuidado!
Ella había perdido de vista el camino y no pudo mantener el control del carro cuando volteó y se dio cuenta que nos dirigíamos a chocar con un árbol grande y frondoso. A mi no me pasó nada, pero ella traía sangre bajo la máscara por el golpe que recibió. En seguida salí del auto e intenté sacarla. Quité su cinturón de seguridad, que gracias al cielo traía puesto, y la cargué para que saliera por la ventana ya rota.

No sabía a dónde llevarla, el hospital me quedaba muy lejos y no quería depender de una ambulancia. Me acordé de él y decidí que llamarlo era la mejor opción. Sabía que si ella trabajaba para él, vendría rápido. Con ella en mis brazos, cerré mis ojos y traté de decirle que viniera con mi pensamiento. No quise dejarla en el piso, y mucho menos quedarme ahí parado esperando, asi que seguí el camino por el que iba el taxi, hasta que llegó un auto blindado y se detuvo frente a nosotros. Me abrieron la puerta trasera y nos subimos.

Él no venía en el auto. Fue hasta que llegamos a la casa, que lo ví ahí parado en la puerta. Caminó hacia el carro y nos abrió la puerta.

– Gracias por cuidarla, permíteme llevarla…

– No – Lo interrumpí – Yo la llevo.

Me parecía que así lograría ver su casa por completo y ver dónde la dejaría a ella. Entramos en la casa, subimos unas escaleras en medio de una sala. Nos dirigimos a un pasillo a la izquierda y pasamos dos puertas. Así fue como él me llevó a un cuarto muy hermoso donde ella descansaría y sería atendida. La dejé en la cama, y él me invitó a un paseo por su casa. Me llevó a un cuarto muy familiar: un gimnasio. Había pesas, costales, peras, un ring de boxeo, cuerdas, caminadoras, bicicletas y diferentes artefactos en un cuarto de espejos. Una vez dentro, me dijo:

– Es momento de que comiences a trabajar para que puedas cuidarte por ti mismo.

– Exactamente, ¿qué quieres decir?

– Quiero que puedas mantenerte seguro por ti mismo y a la vez prepararte para un buen futuro. Permíteme entrenarte.

-Adrian Favela-

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