Sentí raro, como nunca lo había sentido antes. Era como si compartiéramos la misma mente. Sólo palabras de admiración y extrañez venían a mi cabeza. Podía ver lo que él veía, sentir lo que él sentía, y pensar lo que él pensaba, pero no lo conocía. Por un momento creí estar loco, ahora sólo quiero encontrar una explicación para negarlo. Así pasaba mis días, paseando por la calle con esas extrañas sensaciones que cada día eran un poco más fuertes. Mi mente “compartida” no me dejaba pensar en paz.
Conforme pasaba el tiempo, mi rutina diaria cambiaba, a veces en lo más mínimo, pero lo hacía, sin duda. Ya no me despertaba tan tarde como solía hacerlo, ahora suelo despertarme temprano a causa de lo que sucedía en mi cabeza. Mi subconsciente gobernaba mi vida. Antes de que comenzara todo esto, podía describirme como un jóven cálido, siempre sonriente, muy organizado y con una imaginación brillante, además de tener una memoria y un razonamiento formidables. Ese era yo, en cambio, ahora es todo lo contrario. Ni siquiera puedo amar.
Mis padres fallecieron, trayendo a mi vida el sentimiento más profundo de soledad. No tenía muchos amigos, pero mi papá me había dejado a su mejor amigo, cuyas hijas eran como mis hermanas menores. La más grande, de 16 años, se llamaba Angélica y la más pequeña, de unos 14, Paloma. Ellas me brindaban un poco de la calidez que había perdido y me hacían sentir cómodo. Solíamos salir mucho, al cine, a hacer ejercicio, a alguna plaza de la ciudad; eso quedó en el pasado. Ahora me importan otras cosas, o mejor dicho, algunas dejaban de importarme porque tenía otras preocupaciones, como la de este sujeto con quien mi mente se conecta.
Mi vida había dejado de ser la misma, tal como yo había cambiado. No me entristecía pero era eso mismo que me hacía cada vez más diferente de lo que fui alguna vez. Los primeros días que mi mente sufría de visiones, deseaba que se detuvieran, quería que me dejaran en paz. Pensar ya no era posible. Esas ideas e imágenes alteraban mi ser a un paso que ni siquiera me permitía modificar mi estilo de vida y mi personalidad. Antes vivía en una casa decente, por el centro de la ciudad; ahora vivo en un departamento pequeño, sucio y desordenado. Nadie me visita por temor a que les haga algo o porque no les gusta como se encuentra mi cuarto, piensan que es repugnante vivir en un espacio así, pero a mi me da igual y puedo vivir.
Unos dicen que me he vuelto loco cuando me ven trastornado al tener una visión fuera de mi departamento. Un día fui al mercado a comprar mi despensa, cuando en un puesto de verdura, mis ojos perdieron su color y se abrió mi boca, sin emitir algún sonido, estaba viendo en mi mente, unas imágenes de él con un rifle apuntando a dos personas. Al regresar, las personas a mi alrededor estaban anonadadas por lo que habían visto. Una señora me preguntó: ¿Estás bien?” Asentí con la cabeza y dejé a la muchedumbre detrás, todavía asustada por lo que me había pasado. Para mí es normal, ya me acostumbré, pero algunas visiones me causan miedo, tal como sucedió con ésta. Nunca quise sentirme raro o loco, pero ya me da igual lo que piense la gente, sus actitudes hacia mí y sus expresiones.
El día que marcó la primera decisión fuerte en mi vida comenzó con un desayuno: un pan dulce y un vaso de leche. No tenía mucho por hacer, asi que comencé a escribir en un papel cada imagen o visión que recordara, para ver si encontraba algo con ayuda de ellos. Llevaba unas cuantas páginas de mucho detalle, cuando de un momento a otro, ya en la tarde, me decidí a ver las noticias; tuve una necesidad enorme de hacer ésto, sin embargo no tengo la menor idea de por qué lo hice. Justo al encender el televisor, mis ojos se abrieron y mi corazón comenzó a latir. En ese momento tuve una pista de quién era él. Una cámara de seguridad había filmado un “crimen” en el que se vio claramente una escena de esas que pasaban por mi mente. Era un sujeto de estatura promedio, iba vestido completamente de negro: sombrero, una capa, una camisa y un pantalón. No pude reconocerle la cara porque traía puestos unos lentes oscuros. Dicen que se llama Luis Ángel Ledezma Ortíz. No me consta, pero eso dice la televisión. Fue entonces cuando mi mente se tornó loca y me llegó una imagen. Alguien más veía las noticias, sentado en un sofá. Como no parecía mi casa, supuse que era él; lo oí decir: “No tienen la menor idea de quién soy”. Ahora, sin duda, tenía confirmado que era él y de un momento a otro me decidí a ponerles atención a las imágenes que recibía para llegar hasta él.
Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo al regresar a mi cuarto. Con una duda enorme y mis sentidos algo alterados, armé una maleta y salí de mi departamento. Sin saber a dónde ir, intenté conectarme con él, pero no podía hacerlo por gusto. Seguí caminando, sin dirección, esperando encontrar algo que prendiera mi mente y supiera qué hacer. De noche por la solitaria y oscura ciudad, paseando por las veredas y junto a las tiendas de ropa y joyería; era extraño ver a un joven como yo con la mirada perdida. Era lo único que podía hacer, caminar, hasta quedarme dormido en algún lugar. No había tienda alguna abierta, pero el parque parecía buena opción para dormirme en alguna banca. Al llegar al Parque José Vasconcelos, quise acostarme en una banca como lo había pensado antes, pero un guardia nocturno llegó y me sacó de ahí a la fuerza. Intenté que me aceptaran en alguna casa o en alguna estancia, pero no logré conseguir posada. Hasta que llegué a una taberna, me ofrecieron asilo ahí, siempre y cuando consumiera un poco. Agradecido, llegué y me tomé un tequila. Tener 19 años tiene sus beneficios.
Al siguiente día, el sol ni siquiera se apareció. No hacía frío, por lo estuve muy cómodo caminando por la calle. No hice una sóla cosa más que comprar un seis de cerveza, seguir caminando y tomar un poco. Ya de noche, otra vez, después de haberme tomado las 6 latas de cerveza, caminaba, bueno, en realidad me tambaleaba, tratando de buscar algun otro lugar donde me ofrecieran dormir, pero no tuve éxito. Este día sin emoción podía terminar en cualquier momento. Recordarlo me da tristeza, pero pienso que fue el periodo de tiempo clave para...
Desperté. No sé cómo pero estaba acostado en una cama que no conocía. Desconcertado me levanté, vi que mis cosas estaban junto a un escritorio. Me pregunté todo el día cómo es que había llegado ahí, sin obtener respuesta alguna. En menos de 20 minutos, me bañé como pude y me cambié de ropa. Dudoso, salí del cuarto, dentro era como un laberinto, no encontraba el inicio o el fin, y mucho menos la salida. Me perdí entre pasillos y cuartos vacíos, puertas por todas partes, todo del mismo color. Llegué a una sala con sillones y una televisión. ¡Ya los había visto antes! Me dieron escalofríos y comencé a sudar frío, mi corazón latía a mil por hora, y entré en pánico. Comencé a voltear rápidamente para todos lados, con los ojos bien abiertos. Caminé de esta manera todo el día hasta el atardecer. Esperaba encontrarme con él, pero al mismo tiempo no tenía la menor idea de lo que pudiera hacerme. Tanto el miedo y la angustia como la curiosidad, inundaron mi pensar.
Pasos se escucharon. Yo estaba cada vez más alerta, esperando que él se apareciera por algun lado. Me causé un poco de dolor en mi brazo para asegurarme de que estuviera despierto y, en efecto, no era un sueño. La casa, o el lugar en donde estaba yo, era como una mansión enorme, muy alta, de color naranja claro, tenía un peculiar aspecto época renacentista: muchos adornos y detalles en las paredes y el techo. Pareciese que me hubiera remontado al pasado.
Cada vez más confundido estaba. Divisé un espejo entre una puerta y un candelabro encendido. Me acerqué para observar mi rostro, y a la medida de que me fui acercando, mi rostro en el espejo se transformó al de él; me sonrió. Di un salto repentino hacia atrás por el susto tremendo y ahí seguía él, tal y como lo había visto en aquél video en las noticias.
Me ericé completamente. Asustado estaba cuando se abre la puerta junto al espejo. No había nadie allí. Todo era oscuridad, sólo iluminado un poco con los candelabros. Con pasos muy lentos me adentré en el cuarto tras la puerta. Encontré una ventana oscura que daba al espejo, por la que, supongo, él se apareció. De nuevo volteé a todos lados, para prevenir que él me fuera a hacer algo en cualquier instante. No tenía hambre, se me quitó del susto. Seguí caminando, explorando la sala, preguntándome por qué fue que me sonrió cuando me acerqué al espejo. No había explicación clara alguna.
A medida de que fui avanzando y alejándome del espejo, las luces se iban encendiendo. Así, a mis pasos, los candelabros se prendían detrás de mí. No dejaba de sentirme raro en un lugar desconocido. Mis pasos guiaban la iluminación hasta que llegué a la cochera. Había dos carros allí, un Cadillac rojo y un Audi negro. Los inspeccioné y encontré que en el Audi estaban pegadas unas llaves a la puerta. Dudé un poco si entrar al automóvil, pero la sorpresa de las llaves fue superior al miedo que tenía de encontrarme a él, o que él me encontrara. Abrí la puerta del auto con cautela, esperando que no se escuchara algún ruido, me senté al volante y cerré la puerta como pude. Encendí el auto, abrí la puerta eléctrica con un control que se encontraba cerca del espejo retrovisor, volteé a ver ese espejo para salir de reversa, pisé el acelerador, y ahí estaba él de nuevo sentado en el asiento de atrás. Frené de golpe por el susto que me había llevado. Él me estaba viendo y escuché que me decía:
– Conduce.
Le pregunté – ¿quién eres? – pero no obtuve respuesta de su boca.
Y pensar que hace tan sólo un día que estaba caminando por la calle a oscuras, y ahora estaba dentro de un carro, con este tipo sin saber a dónde ir.
– Deja que tu mente conduzca por ti – me dijo.
Era aterrador el sólo pensar que no tenía la menor idea de a dónde mis manos me llevaban, como si tuvieran vida propia. Sin aviso alguno, mi pie pisó lentamente el pedal del freno.
–Bien – dijo él – vas muy bien. Aquí encontrarás un lugar donde dormir esta noche.
Emití un sonido y él mismo me sacó del auto. Desconcertado y lleno de preguntas, pero agradecido con él, caminé hasta la puerta del lugar al cual yo mismo me había traído, al tiempo que veía el Audi alejándose. No me respondió una sola pregunta, pero debía llegar el momento en que lo hiciera. Pensando en ello, entré al hotel. En la recepción debía registrarme, pero la muchacha encargada me dijo que ya había una reservación a mi nombre para este día y a esta hora. Más confundido estaba yo. ¿Acaso fue alguien que me conoce y vino a hacer una reservación a mi nombre? ¿o fue él quien vino a hacerme esta reservación? En el último caso, ¿cómo es que conoce mi nombre?
Muchas preguntas, más de las que algún día pude imaginarme, había en mi mente, flotando, y bloqueando mi pensamiento. No pude ir a dormir, tuve que quedarme sentado en la recepción un rato antes de subir a mi cuarto. Tenía miedo de lo que me pudiera estar esperando allí dentro. Me paré de la silla en la que estaba sentado, admirando la ciudad de noche, pedí la llave en recepción. Mi número de cuarto era el 258.
Tomé las escaleras para evitar algún accidente en el elevador. Eran las 11:15 cuando llegué al segundo piso. Comencé a buscar mi cuarto. Cuidándome por todos lados, llegué a la puerta marcada con el número 258. Inserté la llave y entré. Todo estaba muy oscuro, prendí la luz y vi que la ventana estaba abierta, con las cortinas volando. Se me entumieron las piernas del temor que sentía. Avancé hasta llegar a la cama y prendí otra luz. Ya que todas las fuentes de luz estaban prendidas, respiré profundo; no había nadie allí de quién temer.
Quise pedir servicio al cuarto, pero no me contestaron. Caí en cuenta de que ya era muy noche y habían cerrado. Tenía hambre y no sabía qué hacer. Solamente por eso salí del cuarto de nuevo. El 258 era como mi protección, o bueno, así lo sentía. En cuanto dejé el cuarto atrás me sentí vulnerable de nuevo. Tomé las escaleras para bajar a la calle y buscar algo que comer. Por un momento no me importaba nada más que encontrar comida, pero no podía evitar recordarlo a él. No sé cómo pude confiar en él y hacer todo lo que me decía, incluso llegar a quedarme en el hotel en el cual me dejó.
Encontré un café 24/7 y entré. Se sentía una temperatura muy agradable y había un olor delicioso. Tenía que comprar algo.
– ¿Buenas noches, en qué le puedo servir? – dijo la cajera del lugar.
– Déme un pedazo de pan con un café calientito.
– ¿Qué pan quiere?
– El que sea, pero grande porfavor, porque me muero de hambre.
Así me dieron un pan de zanahoria y un café caliente. Eso me bastó para calentarme y saciar mi hambre. Ya estaba
pagando, cuando enfrente de la cajera, me llegó una visión en la que todo estaba borroso; sólo escuchaba su voz diciéndome: “Te estoy vigilando, cuida tus pasos”. Regresé a la realidad. La cajera estaba preocupada.
– ¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte en algo? – Preguntó ella, le dije que no y me fui.
Volteé para todos lados mientras caminaba de regreso al hotel. Me sentía perseguido, observado, perturbado; como si mi vida estuviera limitada, como si me controlaran. Llegué al hotel y subí a mi habitación lo más rápido que pude. Abrí, entré, luego cerré con seguro la puerta y la ventana. Prendí todas las luces que pude y me metí en las cobijas de la cama. Tuve que dormir con todas esas luces prendidas. Tardé 3 horas en conciliar el sueño, intenté todas las posiciones para dormir que pude, hasta que el cansancio me venció.
Desperté con el sol dándome en la cara, era demasiado temprano, muy pocas horas había dormido. Pero lo que me despertó fue su voz, algo sutil, pero aun así prendió una chispa en mí que terminó por despertarme. Me dijo:
– Es hora.
Con mis ojos semiabiertos, me senté en el borde de mi cama, para terminar de despertarme. Me di cuenta que me había dormido con la ropa de el día anterior puesta. Decidí que debía bañarme y cambiarme. Al baño me dirigí, tomé una toalla, cerré la puerta del baño, abrí la llave de la regadera, comencé a desvestirme. Cuando el agua estuvo suficientemente caliente me introduje en la bañera.
El agua masajeaba mi espalda, su temperatura me relajaba y removía todo el estrés de días pasados. Mojé mi cabello y lo lavé. Me estaba enjabonando el cuerpo, cuando escuché ruidos en mi cuarto, pero fuera de la bañera. Llamaron mi atención tanto que dejé la llave abierta y salí solamente con la toalla, abrí la puerta y alcancé a distinguir un papel que no estaba en el lavamanos hace rato. Con mis pies todavía mojados, revisé la ventana y la puerta; seguían cerradas con seguro. Me pregunté: “¿Habrá entrado él?”. Había una ligera probabilidad de que quien hubiera entrado al cuarto, siguiera allí, entonces revisé cada rincón, cada lugar de la habitación 258. No había nadie. Al entrar de nuevo al baño y cerrar la puerta del mismo, apenas escuché otra puerta cerrarse. Alguien sin duda acababa de salir de mi habitación, debió haber sido quien colocó la nota del lavamanos. Por lo visto no fue tan cauteloso. No tengo la menor idea de dónde pudo haberse escondido que yo no lo ví, pero el sujeto ya no estaba dentro. Eso me asustaba, pero al mismo tiempo me relajaba.
Continué con mi baño. Luego salí y fue cuando leí la nota por primera vez. Decía: “Desayunemos en el restaurante del hotel a las 9:30. Di que buscas a Laura”. No tuve de otra más que pensar que era una mujer. Por lo mismo, decidí bajar bien aseado, perfumado y en mis mejores ropas. Bajé las escaleras, desconcertado todavía por la nota, pero apenas emocionado porque una mujer me invitó a desayunar. Al llegar al restaurante, no vi a mujer alguna sentada sola en una mesa. La recepcionista tenía un aspecto raro, pero fui hacia ella.
– La reservación a nombre de Laura, por favor.
– No hay reservaciones a nombre de Laura. Disculpe.
No sabía qué pensar. De pronto, se me vino a la mente que la nota decía que dijera que buscaba a Laura-
– Busco a Laura – le dije, y enseguida me condujo a una mesa, pero ésta estaba vacía.
No cabe duda que más confundido no podía estar. Todas las mesas estaban ocupadas por al menos 2 personas; estaban adornadas con un mantel blanco de fondo y sobre éste, un mantel cuadrado color marrón. Las sillas, puedo decir que combinaban con el mantel marrón. Había buffet de desayuno, no quise probar bocado hasta que llegara Laura, sería algo muy descortés para ser la primera vez que nos veamos. Quizás llegué un poco temprano.
Dieron las 9:29 cuando volteé a ver mi reloj de mano. A las 9:30 en punto, en mi reloj, volteé para buscar a la recepcionista. Ella ya no estaba. Al regresar la mirada a mi mesa, ¡ahí estaba ella! No, Laura no, la recepcionista, sentada en mi mesa.
– No me llamo Laura, pero es a mí a quien tienes que ver. Vamos a algún lugar un poco más privado, ¿no?
Me dejó boquiabierto. Apenas me conoce y quiere algo conmigo. Decirle que sí, podría ser muy riesgoso, pero decirle que no... simplemente sonaba lo más seguro. Estaba casi por negarle su ofrecimiento, pero algo me decía que no había riesgo alguno en ella.
Asentí con la cabeza, ella me ofreció su mano y me dijo que la acompañara a caminar por la playa bajo el azul del cielo adornado con pequeñas nubes blancas. Esa mujer era alta, con el cabello negro lacio hasta los hombros, unos ojos que no pude ver porque traía lentes de sol cuadrados, y era un poco robusta para ser mujer. Sus labios de rosa me desagradaban, así como su naríz muy gruesa y chata. Sigo diciendo que había algo raro en ella. Al llegar a la orilla del mar, me dijo: “Quítate los zapatos y déjalos aquí”. Lo hice; me agaché, desabroché mis zapatos negros y me los quité de uno por uno. Con mi mirada hacia abajo todavía, me levanté y en ese lapso tan corto de tiempo le miré sus pies. No eran los de una mujer.
– ¡Eres tú! – exclamé.
– ¿Eh? Discúlpame, pero me estas confundiendo. ¿A qué te referías con eso? – contestó.
– Es que tus pies no son de mujer
– ¿Qué una mujer como yo no puede tener los pies anchos y no tan bellos como los de otras? Me voy.
Me desesperé y caí en la cuenta de que yo me había dejado llevar por las apariencias.
– Perdóname. Olvida lo que acabo de decir, estoy algo paranoico porque siento que un hombre de negro me persigue.
– Está bien – respondió, regresó y siguió caminando.
Después de todo, sí parecía mujer, o eso creo. Me preguntó mi nombre y le contesté que Daniel Torres. Le pregunté el suyo y tardó en decirme que su nombre era Ximena Martínez. Seguimos platicando un rato, luego hablamos de mí, hasta que comenzó a hablar de él.
– ¿Y quién es el hombre que tanto te persigue? – me preguntó.
–No lo sé, lo he visto una vez, y no me habló mucho.
– ¿Crees que pueda estarte viendo en este momento? Digo, ¿tan así?
Dudé si contestarle o no, pero al final le asentí.
– ¿Acaso no sabes qué es lo que quiere?
– No, pero me encantaría saberlo, para tomar una decisión.
–Pronto lo sabrás; algún día – dijo mientras guiñaba un ojo.
Luego, se despidió y se fue sin decir otra palabra. Me dejó ahí, regresó por sus zapatos y se fue. La seguí, recogí mi par de zapatos negros y subí al restaurante para preguntar por ella. Ximena seguía caminando hacia el lobby en lo que yo llegué a la recepción del restaurante.
– ¿Disculpe, no sabe qué quiere conmigo una recepcionista llamaga Ximena?
– Aquí no trabaja ninguna Ximena.
– ¿Cómo que no? Era la recepcionista de hace un rato.
– Aquí no trabaja ninguna Ximena y menos de recepcionista. –Me dijo con sorpresa.
Justo en eso, se me iluminó la mente. Y se me abireron los ojos. Era él. Pero... ¡claro! Sí era él. Ahora entiendo por qué se me hacía rara: la pose, la manera de caminar, los pies, su cara y su hablar. Esperen un momento, entonces… ¡¿acabo de pasar media hora con él sin darme cuenta?! Mis ojos no podían estar más abiertos, sentía que se me iban a salir. Mi corazón volvió a latir un poco. ¿Qué le pasa? ¿Se vistió de mujer sólo para atraer mi atención y hablar conmigo? ¿Que era lo que realmente quería? Más que nunca, estaba impresionado y con mi mente hecha un desastre. Llegué a marearme del susto y de la impresión. Tuve que sentarme y pedir un refresco de cola para que se me quitara. Él había hecho una locura.
Mi cabeza no daba más de tantas vueltas y vueltas que le daba al asunto. Desayuné un yogurt con granola, los pagué y me fui a mi cuarto a descansar. Me sentía tan mal que decidí utilizar el ascensor por primera vez. Se abrieron las puertas, estaba vacío, y entré. Pulsé el botón del segundo piso y las puertas se cerraron. No subía. Las puertas se abrieron de nuevo, revelándo una figura negra. Él se me apareció por tercera vez, entró al ascensor y sin decir palabra alguna, se dirigió al último piso; el techo. Fue ahí donde comenzó a hablarme.
– Eres patético. No pudiste distinguir a un hombre vestido de mujer. Me parece que venir valió la pena, sólo para saber que tú no.
– ¿Disculpa?
– No sabes a lo que me refiero y nunca lo sabrás.
En eso llegamos al techo. Salimos y él dirigió su mirada al cielo, mientras avanzaba hacia la orilla. Yo lo seguí y empecé a hablarle.
– De verdad me inquietas. ¿Quién eres y por qué me persigues?
– Me conoces muy bien. – me dijo – Supongo que no te acuerdas de mí, pero cuando menos te lo esperes recordarás. Y sabrás la oportunidad que has perdido. Y, ¿por qué te persigo? No quiero que te pase nada malo.
– ¿Nada malo? Pude haber muerto cuando salí de la regadera con los pies mojados. ¡Me pudo haber dado un infarto con el truco del espejo o cuando te me apareciste en el Audi! – vociferé en cólera.
– No te dejaré en paz, porque aún con lo inútil que eres, puedes servirme de algo.
– ¿Servirte en qué? No te entiendo.
– Ya te dije que no me entenderás. Si necesitas cualquier cosa, sólo piénsalo. Créeme que puedo escucharte en todo momento. Tus pensamientos están conectados con los míos.
– Pero, ¿cómo es entonces que yo no puedo escucharte cuando yo quiera?
Tan solo pronuncié estas palabras y saltó. Por un momento pensé que se estaba suicidando, pero lo vi desaparecer como si fuera parte del aire que respiramos todos.
-Adrian Favela-

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